La dama (capítulo VIII)

-¡Hijo de mi corazón, 

a mis brazos maternales!

en todos los pedestales

te tengo como un señor.

-¡ Por Dios, qué exageración!

Y mientras le daba un beso.

-Madre, bienvenida sea

a nuestra hermosa morada,

este encuentro lo soñaba,

cinco años ya sin verte,

ya sé que estuviste ausente

del país, por la locura

de tu querida sobrina.

La mujer no respondió

a las palabras del hijo,

la señora de Botijo

nunca da una explicación.

-La verdad estoy cansada

¿me permites que me siente?

el viaje ha sido demente.

Y… ¿Dónde está la Melisa?

que no recibe a su suegra,

es dura como una piedra.

Doña Carla se sentó

en un sillón de la sala

Ezequiel no contestó

y buscando otro sillón

con su madre se sentaba.

– Esa mujer que tu tienes

Te va a buscar la ruina,

no la trago, es una espina

que llevo en el corazón.

– Te lo pido por favor

no me busques un problema,

Melisa es guapa y es buena,

solo que no la conoces,

todo nace de los roces

hasta el amor verdadero.

-Hijo, y el odio sincero

que desde siempre me inspira.

Tu mujer es muy cochina,

no tiene nuestro linaje

y considero un ultraje

tener que verle la cara,

menos mal que son tres días

que se pasan como nada.

Melisa estaba nerviosa

dentro de su habitación.

-¡Juliana, ven por favor!

-¡Ya voy señora Melisa!

-¿Ha llegado doña Carla?

-¿La señora de botijo?

-pues claro, la gran señora.

– ya llego, ya está en la sala

-¿Me puedes decir juliana

el color de su vestido?

-Es marrón, marrón oscuro

– pues ne visto de marrón

prepara mi camisón

ese que ya no me pongo

– ¿El camisón de franela?

-ese, sí, que está de pena

quiero recibir con tino

de mi suegra la condena.

La moza muere de risa

recibir con esos trapos

a una dama tal altiva…

no existirá medicina

para calmar su disgusto

pues se morirá del susto,

así pensaba Juliana

que no se quiso perder

tal encuentro, le gustaban

los chismes, los devaneos

y los disgustos más feos.

Después de una media hora

llegó Melisa a la sala.

-Doña Carla ¡Qué alegría!

como siempre una sultana

con su grata simpatía.

¡Qué coincidencia la mía

coincidí con su vestido!

La Botijo quedó fría.

-Pero si es un camisón

lo que llevas, hija mía.

No fuiste nunca agraciada

pero sí muy estilosa.

-Doña Carla, no soy moza,

soy una mujer casada.

-Una casada marrana

si recibes en tu casa

visitas con esa pinta.

– A usted señora Botijo

que es mi madre, pues su hijo

es mi esposo y es decente

que si me quiere mi gente

será de cualquier manera,

y su visita tan grata

me alegró y ante la espera

la emocion fue serenata

de una gracia verdadera.

Disculpe que la reciba

en chanclas y en camisón

pero al menos es marrón,

haremos juego en la mesa

usted será la marquesa

yo la dueña de la casa

que se viste con la guasa

que genera la ocasión.

-¿Siempre serás tan mezquina

tan burda y desarrapada?

– Vaya, ¡ Que pronto se enfada!

¿No ve que estaba de broma?

y como dice el refrán,

que las monas siguen monas

aunque se vistan de seda.

Por fin estaba la mesa

dispuesta para el almuerzo

Ezequiel estaba puesto

en el lugar adecuado.

con las caras descompuestas

las dos mujeres entraron.

-Madre, póngase a mi lado

y tú a su lado, Melisa,

Ezequiel miró la ropa

de su mujer con descaro

-¿A la hora del almuerzo 

te pones el camisón?

– No me di cuenta, mi amor

como estamos en familia…

-Esta situación me humilla

Melisa, ten un respeto

– Con tus ropas no me meto

y más humillan los pesos

que me adornan la cabeza

Juliana, sirve la mesa.

Doña Carla con estilo

de señora de altos vuelos

se levantó de la silla

– voy a lavarme las manos

a ese baño de la sala

que una mujer aseada

enamora a caballero

más que una pobre fulana.

Oh, perdon, solo es un dicho.

-Lo se, vaya usted tranquila

yo no me siento ofendida

ofende solo quien puede,

nunca ofende una gallina.

Doña Carla estaba blanca,

llena de resentimiento

lamentando el mal momento

en el que llegó a esa casa.

Y llamaron a la puerta

justo cuando se acercaba

casi orilla de la entrada,

Abrió con muy poca gana

se encontró con una chica

con pinta de ser mucama.

-¿La señora de la casa?

-Ummm, soy yo, dime qué quieres

-Vengo a entregarle esta carta

menos mal, estoy tan harta

vengo del pueblo de al lado.

– Pues sí, niña, sí has andado

 ¿De quien viene?, ¿Quien la envía?

-Yo no puedo decir nada,

regreso que acaba el día.

Me queda mucho camino.

y debo comprar el vino

y el pan para mis señores

-Muy bien, gracias mis saludos

Ten cuidado con el monte

y que tengas mucha suerte

para no perder el norte

Los lobos buscan la muerte..

-Tranquila, yo soy muy fuerte.
Continuará…

María del Mar Ponce López

Reservados todos los derechos de autor.




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18 comentarios en “La dama (capítulo VIII)”

  1. Jajaja, la carta, por dios que desatino, vaya jugada que presenta el destino, aún veremos si será un equivoco para la suegra o la perdida de la existencia para la nuera. ¡Pero vaya lio que has armado a la hora de la cena! Del marrón de las puñaladas con la lengua, al luto del disgusto. Y el marido, un puto asesino sin enterarse de la misa la media. Un abrazo.

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  2. Y la suegra alucinada
    por la pinta de Melisa
    miraba a don Ezequiel
    y sin voz le preguntaba
    porque vestía de esa guisa…
    y Ezequiel no contestaba
    por que ni él mismo sabía
    qué demonios pretendía.

    Me estoy riendo un montón esta noche que lo estoy leyendo todo seguido.
    Besos.

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    1. Gracias mi Estrella linda,a ver consigo seguir, estoy sin Internet por un problema del cable telefónico a la espera de que venga un técnico. Y tengo poco tiempo para hacer tantas cosas con los datos del móvil, pero ya estoy preparando el siguiente capítulo de La Dama. Si consigo hacer sonreír a alguien, así como tú, será y es un regalo para mí. Besos a tu alma.

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